lunes, 15 de abril de 2013

Esperas


Juguemos a lo simple, a lo que gusta tanto, lo fácil de encontrar en un campo, todo eso que buscar en un canto, en un beso. Juguemos a ganar, a que estamos logrando la dicha, que estamos resultando valiosos, que cada uno contaba de verdad. Todos éramos imprescindibles, todos – realmente – éramos necesarios, nadie estaba de más.

                  Vivíamos con miedo, pero el temor no era por nosotros, era por los otros. ¿Cuánto pudimos haber sido? ¿Cuántos quedaron en ese camino de tierra y sangre? ¿Sufríamos por lo que perdíamos o por lo que nunca podríamos ver?

                  El cielo estaba nublado, era una pizarra gris que contemplaba a dos idiotas sentados en el asfalto, dos idiotas que no se miraban, miraban sus rodillas, sus manos, sus pies; pero no se miraban, ni querían hacerlo.

                  El cielo estaba nublado, tus pupilas azules reflejaban un viento cortante, un odio inmerso en un terrible mar de excusas. <<¿Cuánto tiempo más estarás sin hablarme?>> Pensaba, pero prefería callarme, el silencio provocado es más grato en situaciones donde el mundo pareciese estallar en gritos que no te dejan reaccionar.

                  ¿Pero qué es lo que le duele más? ¿El pasado, cúmulo de recuerdos y sensaciones compartidas que, al mirar atrás, recordarás con dolor y amargura? ¿O el futuro incierto, lleno de probabilidades en conjunto, lleno de sueños y emociones por conquistar, anhelos y gozos que no llegarán jamás? Esos ojos que han visto tanto, pero tan poco; esos mismos ojos que cantan una canción de tristeza al mirarme, al mirar sin decir nada, directamente al cielo.

                  Pero el idiota solo era uno.

                  Llegó la noche y las nubes no se fueron, se quedaron esperando, como yo. <<¿Acaso las estrellas no existen? ¿Se extinguieron? Me estoy apagando, como ellas. Hasta que la última estrella se enfríe, iré donde pueda hablarte.>>

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