Juguemos a lo simple, a lo que
gusta tanto, lo fácil de encontrar en un campo, todo eso que buscar en un
canto, en un beso. Juguemos a ganar, a que estamos logrando la dicha, que
estamos resultando valiosos, que cada uno contaba de verdad. Todos éramos
imprescindibles, todos – realmente – éramos necesarios, nadie estaba de más.
Vivíamos
con miedo, pero el temor no era por nosotros, era por los otros. ¿Cuánto
pudimos haber sido? ¿Cuántos quedaron en ese camino de tierra y sangre?
¿Sufríamos por lo que perdíamos o por lo que nunca podríamos ver?
El
cielo estaba nublado, era una pizarra gris que contemplaba a dos idiotas
sentados en el asfalto, dos idiotas que no se miraban, miraban sus rodillas,
sus manos, sus pies; pero no se miraban, ni querían hacerlo.
El
cielo estaba nublado, tus pupilas azules reflejaban un viento cortante, un odio
inmerso en un terrible mar de excusas. <<¿Cuánto tiempo más estarás sin
hablarme?>> Pensaba, pero prefería callarme, el silencio provocado es más
grato en situaciones donde el mundo pareciese estallar en gritos que no te
dejan reaccionar.
¿Pero
qué es lo que le duele más? ¿El pasado, cúmulo de recuerdos y sensaciones
compartidas que, al mirar atrás, recordarás con dolor y amargura? ¿O el futuro
incierto, lleno de probabilidades en conjunto, lleno de sueños y emociones por
conquistar, anhelos y gozos que no llegarán jamás? Esos ojos que han visto
tanto, pero tan poco; esos mismos ojos que cantan una canción de tristeza al
mirarme, al mirar sin decir nada, directamente al cielo.
Pero
el idiota solo era uno.
Llegó
la noche y las nubes no se fueron, se quedaron esperando, como yo.
<<¿Acaso las estrellas no existen? ¿Se extinguieron? Me estoy apagando,
como ellas. Hasta que la última estrella se enfríe, iré donde pueda hablarte.>>
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