Veo tus coherencias decir al oído
de tus inquietudes que paren de ver la vida con tanta luminosidad. Como un
canto terrible y desgarrador sobre tu cama, un odio que espera sacrificarse
esperando un futuro más inseguro, pero más justo.
Tus
ángeles, esos que caen en forma de gotas de agua de tus ojos tan oscuros, esos
mismos que te volvieron doncella sin umbral. No cantan ni escuchan, no vuelan
ni luchan; solo están ahí, mirando, expectantes a que te derroten, a la hermosa
dicha de verte rendir. ¿Claudicarás? Espero que sí, estoy cansado de verte
caminar siempre. Ya no te detienes ningún momento a descansar, no estropeas la
mirada de nadie, solo sigues.
Sigues
deambulando por ese camino tan sórdido, perdido entre muchas caras conocidas.
No le veo los ojos a nadie, es como si todos hubiesen perdido la mirada, es
como si las cuencas vacías de sus ojos jamás albergaron la luz de reflectar las
estrellas. Pero me encanta ver como sigues adelante, como no te importa nada;
aunque sigo cansado verte caminar siempre.
Toda
esa dicha que proyectabas en tu sonrisa se ha difuminado como el humo de un
cigarrillo que se niega a ser fumado. El frío es agradable, no importa ese sol
que nos mira tanto, que nos invita a tomar un descanso para bañarnos de sus
terribles rayos de calor y luz, no importa; le obviaremos, el frío es agradable
y eso nos basta. Pero sigues avanzando y ya no hay fuerzas para intentar
detenerte.
Tan
doncella, tan pura, tan hermosa, tan obsesiva, tan lujuriosa, tan inocente. La
caída desde ese precipicio habría matado a cualquiera, menos a ti; seguiste
hacia delante, siempre lo hacías. Tú no sabías caer, por eso estoy seguro que
ahora vas flotando por las nubes, caminando, avanzando con el mar por único
testigo. Pese a que yo no pude seguirte la marcha, no aguanté tu ritmo, sé que
ahí vas, lográndolo y venciendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario