Con la tierna edad de 14 años, quizá 15 y dedicación a mi gatito José Tomás, el mejor.
Este es mi último día por estos
lados. Realmente la he pasado bien con todos ustedes, pero lamentablemente ha
llegado el momento de la despedida. Es difícil admitirlo, pues hemos pasado
buenos momentos juntos. ¿Recuerdan cuántas buenas historias nos contamos unos a
otros? ¿Cuántos ratos alegres departiendo como amigos? Ha pasado mucho tiempo
desde entonces, mucha agua bajo la rueda del molino.
Es triste despedirse, como no. Me ha costado comprenderlo, mas después de tanto tiempo, he de reconocer que madurar es saber decir adiós. No puedo evitar derramar una lágrima (bueno, quizá no llegue a tanto), pero es inevitable sentirse triste cuando dos personas que han compartido tanto tiempo juntas, un día, simple y llanamente, dejan de verse, quizás para siempre.
Ustedes me han tratado bien, no lo niego. No tengo queja casi de ninguno. En verdad, que la hemos pasado bien, ¿no lo creen? Todo, irremediablemente, tiene que llegar a su final. No lloren por mi partida, pues es probable que yo no llore la vuestra. Hagan lo que yo: guarden en su corazón un recuerdo en ese pedacito del corazón que se llama nostalgia.
Crecer duele. Lo sé yo mejor que nadie. Es casi como la muerte: no sabes el día ni la hora, pero llega inevitablemente. A mí me ha tocado hacerlo y lo he entendido hasta este día, en este momento.
Un día han de olvidarme, lo sé, como yo voy a olvidarlos. Mis buenos amigos... los de siempre. Los que nunca me fallaron. A los que sí lo hicieron, sepan que los perdono. Tal vez, quizás, alguno que otro día les escriba una historia o les cuente un cuento. Quizás... no lo sé. Hay demasiada tristeza en mi corazón como para saberlo.
Me voy, no hay vuelta atrás. Así como pasa el verano, y el invierno, y la primavera, y el otoño. Como pasa la niñez y la adolescencia, así también nos pasa a nosotros. Todo llega a su final, pero no es más que una puerta que se abre a otro mundo, otras experiencias.
No me extrañen... bueno, quizás un poco, pero no más que el tiempo que tardan en encontrarse a otro que les cuente un cuento. Ya me olvidarán. No se preocupen. No hay dolor que dura para siempre.
A todos los que me quisieron, les digo: ¡Gracias! A todos los que no (¿hubo acaso alguno?), por fin descansarán sus ojos.
Y a todos, todos ustedes, mis buenos amigos, les invito a que sigan adelante y se sientan mejor cada día. Crezcan y den fruto, mis pequeños pámpanos.
Y dicho esto, el niño abrazó a su oso panda de peluche, lo puso en su baúl de juguetes y cerró la tapa.
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